Doña Bely y la expansión de Río Piedras

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Andrés Fortuño Ramírez

La que aparece en la fotografía es María Isabel Fortuño Noguera de García Ubarri, mejor conocida como doña Bely. En términos genealógicos, doña Bely es mi “first cousin thriced removed”, mi prima hermana bisabuela, o en español más claro, la hija de mi tío-tatarabuelo. Su padre, Jaime Fortuño Ferrús, fue un médico cirujano catalán que se estableció en Cayey.  Su madre fue doña Eduviges Noguera López. Doña Bely se casó con Ángel García Ubarrí, nieto del empresario Pablo Ubarri Capetillo.

Don Pablo fue un ingeniero que llegó a la isla de un municipio llamado Santurtzi en la provincia de Vizcaya al norte de España.  Según muchos, fue el Rockefeller de Puerto Rico. Era uno de los hombres más ricos de su época en la isla y se encargó de revitalizar las economías de Santurce y Río Piedras. En parte, construyendo vías de ferrocarril que corrían desde San Juan a Río Piedras a través de la avenida Ponce de León.

Su desempeño en la isla le ganó que la corona española le otorgara el título de conde de San José de Santurce, razón por la que esta ciudad sanjuanera lleva ese último nombre. Estas mejoras en comunicación y transporte motivaron a que muchas familias exploraran el vivir fuera del casco de San Juan. En especial en Río Piedras que comenzaba a desarrollarse como un fantástico centro urbano.

Contrario a la expansión de Santurce, en la que se desplazaron muchas de las familias originales que vivían en los barrios que conocemos hoy día como Miramar, Ocean Park, Punta las Marías, etc, para la construcción de viviendas urbanas más lujosas y para familias pudientes. Río Piedras ofrecía terrenos abiertos mayormente poblados por casas de veraneo, haciendas y fincas de cultivo. Don Pablo Ubarri estaba claro de su potencial.

Su nieto, el esposo de doña Bely,  Ángel García Ubarri, fue hijo de Eloy García Pla y Asunción Ubarri Casals. Quienes al casarse, recibieron como regalo cuatro cuerdas de terreno en el centro urbano de Río Piedras. En estos predios hoy en día se encuentra la antigua urbanización García Ubarri. Muchos de sus hijos se establecieron en algunas de las casas de estilo español que se construyeron en aquella zona, en especial en la calle Las Delicias. Entre estos don Ángel y doña Bely. Don Ángel era médico de profesión.

Según hemos leído en documentos de la Federación de Equinos de Paso Fino, don Baltasar Fortuño Ferrús, tío de doña Bely, y don Pablo Ubarri Capetillo, abuelo de don Ángel, criaban y competían amistosamente con caballos de paso de viaje. Esto es lo que hoy se conoce como caballos de paso fino. Quizás fue en una de estas competencias en que doña Bely y don Ángel se echaron el ojo por primera vez. Nada más pintoresco que pensar que se enamoraron en las carreras de caballos. El matrimonio tuvo un total de cinco hijos.

Desgraciadamente, doña Bely murió muy joven luego de desarrollársele un cancer en la garganta, tendría cerca de los 46 años de edad. Cuando murió, aún tenían hijos pequeños, entre estos Magdalena Sofía de nueve años. Para 1935 don Ángel queda viudo, y aún aparece viviendo en la calle Las Delicias igual que sus hermanos y algunos de sus primos. Una de mis primas y yo pensamos que a esa calle le cambiaron el nombre, ya que no la hemos encontrado en los mapas actuales. Más que una posibilidad, ahora estamos seguros.

Uno de los nietos de doña Bely y don Ángel me contactó luego de leer este escrito, y me envió una fotografía del plano original de la urbanización García Ubarri. Según me cuenta, su abuelo Ángel y su bisabuelo Eloy, segregaron la finca para la creación de la urbanización. También donaron terrenos al gobierno para la creación de un hospital y otros edificios.

Entre ambos escogieron los nombres de todas las calles. Pero con el tiempo, los gobernantes de la época se impusieron y los cambiaron por nombres de altos ejecutivos del gobierno, o como dice él, por nombres de sus amigos más íntimos. Entre estos: Piñero, Tizol, Tavares y Brumbaugh. Este último fue el primer secretario de educación de los Estados Unidos.

En el censo de 1940, los cinco hijos de doña Bely y don Ángel aparecen viviendo en la avenida Muñoz Rivera en Río Piedras en casa de una tía, hermana de la madre, llamada María Victoria Fortuño Noguera. Imaginamos que con una profesión tan exigente y con clínica de medicina en Santurce, don Ángel no tenía tiempo para hacerse cargo de sus cinco hijos. Don Ángel vivió hasta los 86 años de edad.

En esta fotografía aparece doña Bely aún en sus tiempos de gloria. Quizás vestida para alguna fiesta o simplemente posando para una postal familiar, muy típicas en aquella época. La imagen es del libro de Osvaldo García titulado Fotografías para la historia de Puerto Rico 1844-1952. La tomó Rafael Colorado, uno de los pioneros y más distinguidos fotógrafos en San Juan.

Aunque el libro no ofrece mucha información sobre la fotografía en particular, al menos nos permite imaginar un Santurce y un Río Piedras muy diferentes a los que conocemos hoy día.  Tiempos en que se unían fortunas a través del matrimonio. Tiempos en que sobraban los espacios para conquistar y crear.  Tiempos en que los vagones de un ferrocarril aparte de llevarte a un nuevo destino, podía cambiar el rumbo y la economía de todo un país.

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Mapa original de la urbanización García Ubarri en Río Piedras, Puerto Rico

Madrigal en Nuevayol

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Andrés Fortuño Ramírez

Mi padre dice que la buena suerte me persigue, pero yo difiero. Al final, he sido yo quien la he buscado. He aprendido a encontrarla en la cotidianidad de la vida, en las cosas más superfluas y hasta en la incertidumbre gris detrás de los riesgos. La clave no está en esperarla o pensar que siempre llegará grandiosa. La clave está en entenderla, saber cómo se le trata y darle espacio para que se manifieste donde quiera que esta aparezca. Quien piense que nunca le llegará la suerte, jamás podrá conocerla.

Tengo tantos relatos sobre sus fantásticas apariciones, me animo a contarles una de ellas. En esta ocasión llegó en forma de canción, en una voz cargada de potentes melodías. Yo no canto, al menos no canto bien, ni toco instrumentos musicales, pero tengo buenos oídos y siempre he admirado a aquellos que pueden hacerlo.

Cerca de 2001, recién mudado a los Estados Unidos, llegué a un estudio de edición en la ciudad de Nueva York para trabajar en un proyecto publicitario. Las calles nevadas, la ciudad abarrotada de gente. Los típicos sonidos de la ciudad ensordecidos por el espeso frío en el medio ambiente. Qué ganas de irme a caminar, a ver las vitrinas navideñas, tomarme un café en un parque, hacer de todo menos meterme en un cuarto oscuro a supervisar ediciones. Pero bueno, si algo he aprendido es que todo trabajo tiene su recompensa.

Luego de horas de edición y mucho café americano, cayó la noche. Era hora de descansar y regresar al hotel dónde me estaba quedando. Pero poco antes de salir del edificio, me interceptó una compañera de trabajo que también es puertorriqueña, para invitarme a su casa a una pequeña reunión de amigos.

Yo había volado esa mañana desde Miami, demasiado temprano para mi gusto, y lo que tenía ganas era de regresar al hotel, cenar algo rico, sobre todo caliente y acostarme a dormir. Pero luego de darle las gracias, excusarme y dar la vuelta para irme, escucho que mi amiga me dice “te vas a perder la sorpresa”.

Les juro que con mi cansancio pudo haber sido el viento, alguna voz desde un cuarto de edición o una escena del comercial que había editado aún grabada en mi cabeza. Lo que sé es que eso fue lo que escuché. Automáticamente giré hacia dónde ella estaba y sin preguntas o explicaciones, le dije que había cambiado de parecer.

Una vez llegué a la dirección que ella me había dado, entré al edifico, tomé el ascensor y toqué a la puerta. Mi amiga vivía en un penthouse en una de las mejores zonas de la ciudad, a un bloque de Central Park. El apartamento aunque muy cómodo adentro, lo mejor que tenía era una terraza desde donde se veía toda la ciudad. Sinceramente un lugar mágico. Allí me encontré con amigos y conocidos disfrutando de los últimos CD’s musicales, tragos, entermeses y vinos. La noche estaba fantástica cuando de repente tocaron a la puerta. Mi amiga abre.

Entra un señor de mediana edad, saluda, se quita la chaqueta de cuero oscuro y debajo trae puesta una guayabera blanca. El señor trae consigo una cajuela negra. Intrigado me le acerco a ver si logro enterarme de qué se trata. Mi amiga me presenta. Su nombre aún lo recuerdo, se llamaba Millito Cruz. Según me enteré esa noche, era un conocido guitarrista y cuatrista puertorriqueño. A mi entender, esta sería la sorpresa de la noche. Qué mejor que escuchar el sonido de un cuatro y recordar nuestra isla desde la gélida ciudad de Nueva York.

Todos seguimos hablando y bailando, cuando al rato, vuelven a tocar a la puerta. Mi amiga abre. Escucho que alguien grita emocionado ¡Danny! Por mera curiosidad y después de aquel grito, giro a ver de quién se trata. Yo no lo podía creer. Era Danny Rivera, uno de mis cantantes favoritos. Es que hasta escribiendo esto aún se me eriza la piel. Desde pequeño he escuchado sus canciones en casa de mis padres, luego de adulto fui a sus conciertos, y ahora, ahí lo tenía junto a un cuatrista como parte del entretenimiento. Sin duda alguna la suerte me había venido a visitar.

Luego de darle la mano, compartir tragos y disfrutar del bailoteo, apagaron la música y todos nos sentamos en un círculo en el suelo. El cuatrista se mantuvo sobre una silla para poder manejar mejor su instrumento. De pronto, la voz de Danny Rivera interrumpió el silencio, dijo “bueno, ¿con qué comenzamos?” Creo fue casi al unísono, aún siendo época navideña, que todos le pedimos que cantara Madrigal….Danny sin reparos, dio por inaugurada la bohemia…“Estando contigo me olvido de todo y de mí, parece que todo lo tengo teniéndote a ti…”

A esta le siguieron un sinnúmero de canciones que hicieron de esa noche una mágica. Una fantástica bohemia para no más de doce personas. Recuerdo que en un momento dado me levanté del círculo para servirme una copa de vino. Ya en la barra, noté a través de las puertas de cristal cómo la luz de la luna hacía brillar la nieve en la terraza. No pude resistir y salí a la intemperie.

Aún afuera se escuchaba la voz de Danny, nuestro por una noche. También sonaban claras las cuerdas del cuatro, nuestro más típico instrumento. El cielo estaba despejado, la luna grande, no recuerdo si estaba llena. Lo que sé es que brillaba y lo hacía fuerte.

Hacia el frente y sobre la baranda, también brillaban los rascacielos con aquella mágica luz. Que nostalgia. Creo en ese momento conecté por unos segundos con los miles de puertorriqueños que décadas atrás se vieron forzados a mudarse a Nueva York dejando atrás su patria. Me consideré un suertudo al poder vivir aquella magnífica experiencia.

Pero mientras el frío más me helaba los cachetes y la música calentaba mis oídos, no pude evitarlo, se me estrujó el corazón.  En ese momento me quedó claro. Por mejor que se te presente la suerte en otros lugares, nunca se deja de extrañar la que te llevó a nacer en tu país de origen. Borincano, así la suerte me lleve a vivir en la luna.

La bruja

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Andrés Fortuño Ramírez

Nunca he creído en brujas ni en lecturas del tarot, pero por primera vez y cuando menos lo esperaba, me dejaron boquiabierto. Quizás fue solo casualidad, pero los eventos que le siguieron a esa tirada de cartas se dieron tan rápido, que me quedé con la duda de si estas cosas esotéricas tienen algo de cierto.

Una bruja me leyó las cartas el año en que terminaba el milenio. Para 1999 yo trabajaba en publicidad en Puerto Rico y como parte de mi trabajo, ese año tuve que asistir a una convención de medios de comunicación en el hotel Conquistador en Fajardo.  Como parte de los entretenimientos de la convención, llevaron una exótica mujer que leía las cartas y predecía el futuro.

A mi en particular estas cosas siempre me han perecido triviales. Pero para una de mis compañeras de trabajo, el tener una síquica disponible y de forma gratuita, era una maravilla. Tanto insistió que terminé por acompañarla. Esperamos y esperamos, hasta que llegó nuestro turno.

La mujer me miró fijamente a los ojos y tiró la primera carta. Seguido me preguntó si yo tenía planes de mudarme de Puerto Rico. En ese momento no solo no lo estaba considerando, pero me iba tan bien en el trabajo que era lo menos que tenía en mente. Prosiguió con el resto de las cartas.

Vuelve a preguntarme “¿Estás seguro de que no estás esperando una oferta de trabajo fuera del país?” Le repito que estoy muy feliz en la isla, que por el momento no tengo planes de mudarme. Recoge las cartas de la mesa, las mezcla, y las empieza a tirar de nuevo.

Me deja saber que las cartas no mienten, que le siguen indicando que me voy a mudar pronto a un lugar con mucha agua, palmeras y ríos o canales. También me dice que las imágenes que le llegan a la mente son de la Florida. Le aclaro que la única vez que estuve en la Florida no me había gustado, y que aún si me fuese de vacaciones, ese sería el último lugar que visitaría. Luego de varias tiradas terminamos la sesión.

Ese día no solo me leí las cartas con una bruja, también me ocurrió algo inesperado. Entre las actividades de la convención, estaban rifando dos sets de pasajes ida y vuelta a algún destino en los Estados Unidos. Yo acaba de escuchar las palabras de aquella bruja y  quizás pude haberme sugestionado. Pero de repente y de forma inexplicable, estaba seguro de que yo sería uno de los ganadores. Recuerdo que se lo comenté a mi compañera de trabajo. Minutos más tarde anunciaron los dos ganadores. Yo era uno de ellos.

Luego de ese día tan memorable seguí con mi vida rutinaria, trabajando fuerte como de costumbre. Pero falto de unas vacaciones, decidí usar los pasajes que me había ganado para darme un viaje a la ciudad de Nueva York. Para mí, una ciudad que si tenía verdadera magia.

Estando allí, fui a visitar a una vieja amiga que también trabajaba en publicidad. Cuando llegué a su apartamento, ella estaba adelantando un proyecto que tenía que entregar al día siguiente. Me preguntó si la podía ayudar a redactar unos conceptos. Teniendo tiempo de sobra ya que estaba de vacaciones, accedí a ayudarla.

Una vez terminamos y luego de que revisara lo que yo había escrito, mi amiga me preguntó si me interesaba quedarme a trabajar en Nueva York. Me dijo que ella me podía conseguir una entrevista con su jefe y buscar un puesto en la compañía donde ella trabajaba.

Aunque realmente no estaba tan interesado, le dije que iría a la entrevista para ver qué había en la oferta. En ese momento me vino a la mente la bruja y su insistencia sobre mi mudanza de Puerto Rico. Luego recordé que las imágenes que según ella recibía, eran en un lugar con ríos, palmeras y posiblemente en la Florida. Así que no le di más peso al asunto.

Días más tarde conocí al jefe de mi amiga y me entrevisté.  Luego de unas merecidas vacaciones en la gran manzana regresé a Puerto Rico. Pasaron dos meses desde ese día y aún no había recibido oferta alguna, así que di el asunto del trabajo por descartado.

Recuerdo que estaba a punto de entrar a una reunión con un cliente, cuando me avisaron del pool secretarial que tenía una llamada desde Nueva York. La llamada era para ofrecerme una posición en la compañía donde trabajaba mi amiga. Mientras escuchaba los detalles, yo solo pensaba en los terribles meses de frío en aquella ciudad y las pocas ganas que tenía de vivir en ella.

Pero para mi sorpresa, la posición que me ofrecían no era para las oficinas en la ciudad de Nueva York. La compañía estaba abriendo una nueva agencia en Miami y me querían para completar el equipo en la Florida. Abrí grandes los ojos y “plop” casi caigo de espaldas como Condorito.

La bruja estaba en lo cierto. Igual que una tirada de cartas se fueron dando cada uno de aquellos eventos. En la convención me gané los pasajes, los pasajes me llevaron a Nueva York, Nueva York me llevó a casa de mi amiga, mi amiga me llevó a su jefe y su jefe me quería mudar a la Florida. La oferta fue irresistible, así que decidí aventurarme.

En septiembre de este año cumplo veinte años en la bella ciudad de Miami. No me atrevo decir que ahora soy fiel creyente, pero cuando una bruja me habla, escucho con más detenimiento y le doy espacio a las infinitas posibilidades. Quizás existe la magia en todos lados. Para verla, lo único que hay que tener es los ojos bien abiertos.

¿Por qué tanta extravagancia?

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Andrés Fortuño Ramírez

Todos los años durante el mes de junio se celebra el orgullo gay en los Estados Unidos. Para aquellos que no entienden por qué siempre son los más extravagantes, las drag Queens y aquellos considerados más “queer” los aparecen en carrozas o a pie representando a esta comunidad tan diversa, sencillo, porque aún siendo el grupo más marginado, son estos quienes llevan los pantalones bien puestos y se atreven a dar la cara por el resto sin miedos ni tapujos.

Estas son las personas más valientes que conozco. Están dispuestas a arriesgarlo todo por mantener su verdad y su realidad siempre libres. De no ser por esos atrevidos que salen a la calle a llamar la atención, a imponer que se les vea, que se les considere, que se les escuche y que se les entienda con todas sus virtudes y defectos, no existirían los derechos y las protecciones que hoy disfrutamos todos, incluyendo aquellos menos notables y tranquilos.

Cierto. Para ser activista y pelear por los derechos humanos no hace falta ponerse tacones o una peluca de colores. Pero sin los que lo hicieron y lo dieron todo, los que marcharon, los que fueron ridiculizados, los que recibieron palos de la policía o fueron encarcelados, la comunidad gay sería una marginada, castigada y siempre obligada a esconderse de la luz pública.

Estos hombres y mujeres que muchos tildan de radicales, fueron los que en la madrugada del 28 de junio de 1969, se enfrentaron a los maltratos e injustos arrestos de la policía en un bar gay llamado Stonewall en Nueva York.  La ciudad se negaba a aprobarle licencias de bebidas alcohólicas a los establecimientos gay, con el único propósito de eliminarlos, y en lo que desaparecían, poder entrar a hacer redadas, a pegar palos y a arrestar toda persona gay que se atreviera a vivir su verdad.

Ese día, luego de meses de numerosos arrestos, la comunidad decidió que eso de “calladito te ves más bonito” además de inaceptable, era la peor de las condenas y el mayor de los insultos. Estos llamados irreverentes fueron quienes por primera vez pelearon a puños por los derechos de todos. A estos se les unieron ciudadanos de la toda la ciudad, de todas las creencias y ámbitos, que fueron llegando de forma espontánea en apoyo a esta lucha. La ciudad se vio obligada a ceder.

Personas como esas que vemos hoy marchando, gritando y celebrando, fueron quienes una vez cambiaron la historia, abrieron el camino para negociar con la sociedad y el gobierno, y pavimentaron un mejor futuro para las nuevas generaciones.

La vida es una, es corta y cada cual debe escoger su camino. A quienes prefieran vivir encerrados en un closet y esconder su verdad, sea cual sea, y por voluntad propia, les digo que está fantástico. Pero no pierdan tiempo tratando de encerrar o callar al resto, pues el “I am what I am” de Gloria Gaynor no es solo una canción, es un himno que se ha sufrido en sangre y está aquí para quedarse:

I am what I am
I am my own special creation
So come take a look
Give me the hook or the ovation

It’s my world that I want to have a little pride in
My world and it’s not a place I have to hide in
Life’s not worth a dam
‘Til you can say I am what I am

I am what I am
I don’t want praise, I don’t want pity
I bang my own drum
Some think it’s noise, I think it’s pretty

And so what if I love each sparkle and each bangle
Why not try to see things from a different angle
Your life is a sham
‘Til you can shout out, I am what I am

I am what I am
And what I am needs no excuses
I deal my own deck
Sometimes the ace, sometimes the deuces

It’s one life and there’s no return and no deposit
One life. So it’s time to open up your closet
Life’s not worth a dam
‘Til you can shout out, I am what I am!

Inocencia a la española

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Casa de España, Puerto Rico

Andrés Fortuño Ramírez

Para 1970, la Casa de España en Puerto Rico daba una fiesta anual de disfraces. La fiesta se hacía durante la tarde y se llenaba mayormente de niños y jóvenes de diferentes edades. Los Franco, nuestros vecinos de al frente,  eran socios del lugar y nos invitaban todos los años. Transformarme en algún personaje de horror estaba entre mis pasatiempos favoritos, así que no perdía una oportunidad para disfrazarme.

Tan pronto llegábamos al lugar, niños al fin, lo primero que hacíamos era correr hacia la fuente de los leones en la entrada del edificio y empezar a jugar. Curiosamente, veinte años más tarde llegué por primera vez hasta la Alhambra en Granada, donde para mi sorpresa, encontré una fuente muy similar. Luego me enteré de que esta, mucho más antigua, había servido de inspiración para crear aquella en la que nosotros jugábamos.

Pues allá en la fuente, en la de la Casa de España, usualmente recibíamos el primer regaño del día. Cada vez que nos subíamos sobre aquellos leones terminábamos mojándonos los zapatos. Pero bueno, luego del primer escarmiento y con los pies bien sacudidos, nos hacían entrar en aquel hermoso edificio de estilo andaluz, cubierto con tejas, torres y faroles. Para nosotros era el comienzo de una gran aventura.

Una vez adentro, salíamos corriendo a jugar en las escaleras del vestíbulo o nos escapábamos al patio interior para explorar y darle vida a los personajes de nuestros disfraces. Estas aventuras duraban poco, pues siempre aparecía algún adulto para llamarnos la atención y llevarnos de vuela al salón principal, mejor conocido como el salón de los espejos. Un espacio donde la música y la algarabía de los niños competían por mantenerse al paso de un mismo ritmo. Una tarea casi imposible.

Por lo general, los adultos entraban al salón y se ubicaban en las mesas laterales. Ahí se ponían a conversar con amigos, se tomaban un vino, un trago de whiskey, ron o ginebra, comían chicharrones de pollo, empanadillas o una tabla de quesos, croquetas de bacalao o alguno de los aperitivos que solían servirse en aquella época.

Mientras tanto, los niños abarrotábamos el centro del salón, el que se convertía en pista de baile, de patinaje o lo que se nos ocurriera. Corríamos por el centro tratando de asustar al resto de los invitados con nuestros disfraces o bailábamos sin ritmo al son de nuestra propia conga. En ese salón fue la primera vez que me vi obligado a escoger una pareja de baile. Me daba susto tan solo pensarlo.

Mi vecino y amigo, el tercer hijo de los Franco, me había dicho que para bailar necesitábamos conseguir primero una pareja. Así que nos fuimos a caminar por el salón a ver a qué encontrábamos. En una esquina vimos dos niñas bailando entre ellas. Una era alta y flaca, la otra era bajita y gordita. Mi amigo era más alto que yo -y yo no bailo – así que escogió la más alta. A mi me tocó invitar la más cercana a mi estatura. Una niña muy graciosa, bien determinada y que no paraba de reírse.

Nos acercamos a ellas y con cierta vergüenza las invitamos a bailar. Ellas inmediatamente aceptaron. Tan pronto empezó la música, ambas nos agarraron de las manos, comenzaron a dar brincos y a moverse hacia los lados. Estaba claro que ninguno de los cuatro entendía muy bien cómo se hacía esto de bailar en pareja. Pero como de los cuatro, mi amigo y yo éramos los menos duchos en el tema, decidimos imitarlas y empezamos a brincar.

Llevábamos un rato en ese tejemaneje, cuando mi amigo y yo comenzamos a aburrirnos. Era mucho más divertido subir sobre los leones y mojarnos los zapatos o correr por el patio interior e imaginar que buscábamos un tesoro escondido en un viejo palacio. Ambos entendimos que era buen momento para inventarnos un nuevo juego.

El juego consistía en hacer al resto pensar que estábamos bailando, pero mientras girábamos, nos lanzábamos sobre las personas como si nos fuésemos a caer, rebotando contra ellos. A las niñas el juego les pareció estúpido y algo insultadas, nos abandonaron. Esto solo nos provocó más risa, una de esas incontenibles que solo se tienen a esa edad.

Ahora que lo pienso yo era tan niño, solo tendría unos siete u ocho años de edad. Recuerdo que luego de tanto tropiezo, en un momento dado también me aburrí de este juego, salí de la pista de baile y me fui corriendo hasta las escaleras del vestíbulo. Desde ahí Subí al segundo piso pues quería ver la fiesta desde el balcón. Una vez llegué a la baranda, me trepé sobre una silla para poder ver mejor. Esa es la imagen que aún llevo guardada en mi cabeza.

La vista era fantástica. Niños disfrazados con vestidos de todos los colores corriendo por el salón; brujas, esqueletos, monstruos, piratas, mariposas y bailarinas. Las mesas repletas de adultos, los que por ratos parecían desaparecer entre la misteriosa bruma que creaba el humo de los cigarrillos.

Meseros debajo de sus bandejas gargando vasos altos y flacos, bajo y gordos, botellas de vino, dulces y golosinas de diferentes formas y sabores. Lo que desde el primer piso y con mi escasa estatura parecía un caos, desde allá arriba daba la impresión ser una enorme maquinaria que se movía al son de los ritmos ibéricos.

Pero más divertido que todo, como si se tratara del balcón de una plaza de toros, era ver a mi amigo quien seguía aún girando y tropezando a propósito con la gente causando todo tipo de situaciones. Yo no podía parar de reírme, y a carcajadas.

Una vez me cansé de observar, bajé al salón para seguir con la fiesta. Pero al llegar a la mesa donde estaban mis vecinos, encontré a mi amigo enfurecido sentado al lado de su padre. Lo habían castigado y sentenciado a no moverse de su silla por causar tanta algarabía en la pista de baile.

Su cara de enojo no duró mucho, pues tan pronto me vio llegar, nos miramos a los ojos y como de costumbre, sin razón alguna o con todas las razones del mundo, no pudimos contener la risa. Esa noche caímos rendidos, mucho más temprano de lo usual.

Años más tarde, ya adolescentes y luego de adultos, volvimos a la Casa de España en numerosas ocasiones. Para disfrutar de bodas, senior proms y otro tipo de actividades. Pero nada compara con aquellos tiempos en que nuestra imaginación y toda la diversión estaban atadas a nuestra inocencia.

Siempre que paso en el auto frente a este lugar en Puerta de Tierra, miro hacia el lado a ver si veo niños jugando en la vieja fuente. Hace años que no veo alguno. Quizás el tiempo, igual que a nosotros, ha forzado el país entero a perder su inocencia.

No os preocupéis

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Detalle de dibujo a tinta y lápiz/ Andrés Fortuño Ramírez 2019

Andrés Fortuño Ramírez

A esos que piensan que dudar o negar la existencia de Dios es una ofensa, les digo, relax, tómenlo como un halago. Dudar o negarlo sugiere que de existir, este Dios ha creado un ser lo suficientemente inteligente como para cuestionarse las cosas, un ser bravo porque las reta y un ser bueno por naturaleza, ya que hace el bien por sentido común, no por miedo a un castigo eterno. Un ser que aprovecha el presente y no lo desperdicia guardándose para cuando llegue al cielo.

Implica que ha creado un ser tan fuerte que sabe ser independiente, sin necesidad de intervención divina. Un ser sabio que aprovecha todo lo que la vida ofrece, pues sabe que es temporera. Un ser libre y feliz, pues no tiene necesidad de juzgar, reprimir o castigar las infinitas posibilidades que ofrece la cambiante naturaleza.

Es más, me atrevo a decir, que si yo fuera ese Dios, este sería el tipo de ser con quien yo hubiera poblado la Tierra. Seres que antes de entregarse a algo o a alguien, inclusive a mí, crean plenamente en si mismos.

Que la paz esté con vosotros …y con lo que escojan creer.

Picasso en la UPR

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Andrés Fortuño Ramírez

Siendo estudiante universitario, trabajé par de años en el Museo de Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Un trabajo a tiempo parcial, pero uno de los que más me disfruté y donde hice grandes proyectos. Allí monté y desmonté exhibiciones, ayude a los curadores con diferentes tareas, trabajé con las aperturas y serví de guía a los visitantes. Por casi tres años aprendí a cubrir todas las bases en el quehacer de un museo de este calibre.

Entre los proyectos, me tocó hacer un inventario de todas las obras de arte existentes en la Universidad. Esto requería entrar a todas las oficinas, salones, bibliotecas, laboratorios, almacenes y pasillos en búsqueda de cualquier pieza, para catalogar toda la colección expuesta en la universidad. El proyecto tomó varios meses y lo hice junto a una compañera de trabajo llamada Millie Denis, quien estudiaba historia del arte.

Fue impresionante descubrir la cantidad de pinturas y grabados de conocidos artistas puertorriqueños y latinoamericanos regados por todo el recinto. Recuerdo que encontramos piezas de Lorenzo Homar, Tufiño, Siqueiros, Isabel Bernal y Augusto Marín entre otros. Piezas algo olvidadas, a veces escondidas detrás de los anaqueles, recostadas sobre algún archivo de metal o casi imperceptibles en la pared detrás de un escritorio.

Gracias a este inventario, la universidad pudo tener constancia de dónde estaban estas piezas, su tamaño, el medio, el nombre de cada artista y el estado en que se encontraba cada obra. Un arduo y tedioso trabajo, pero para nosotros era como salir todos los días a abrir un cofre de tesoros. Las piezas que estaban en mal estado se recogían más tarde para su restauración, sobre todo aquellas hechas sobre papel.

El museo archivaba estas piezas en enormes planeras. Estos eran enormes muebles de metal con gavetas largas, anchas y planas. Cada pieza se colocaba entre dos enormes hojas de papel libre de ácidos para protegerlas de un mayor deterioro.

Las gavetas estaban identificadas de forma alfabética para poder buscar con facilidad las obras de cada artista.  Estas hojas de papel protector se cambiaban cada cierto tiempo, tarea que nos tocaba hacer con guantes de tela para evitar que la grasa en los dedos fuese a dañarlas.

Uno de esos días regulares de trabajo, nos tocó cambiar las hojas que protegían la colección de grabados internacionales. Para nuestra sorpresa, allí encontramos grabados originales y firmados por Picasso, Lautrec, Chagall, Rembrandt, Siqueiros, Diego Rivera y otros artistas famosos. Impresionado, le pregunté a la directora del museo, Mari Carmen Ramírez, si aquellas obras alguna vez se habían exhibido. Ella me contestó que hacía muchos años no salían a ver la luz del día por falta de tiempo, recursos e interés. Para mi esto era algo inaceptable.

Inmediatamente le pregunté que si me permitía hacerle una propuesta para exhibirlas. Me dijo que lo pensaría, pero ese mismo día me dio una respuesta. Me dijo que si encontraba dónde exhibirlas, las salas del museo estaban comprometidas todo el año, me encargaba del enmarcado, el montaje y la apertura de la exhibición, que ella accedía al préstamo de las obras y se encargaba de asegurarlas. No sé si tenía mucha fe en mi o si pensaba que yo jamás cumpliría con todos los requisitos. De igual manera me dio el “go ahead”.

Yo estaba tan emperrado con la idea, y las obras tenían tantas ganas de salir a coger aire y ser admiradas, que ese mismo día fui a pedir fechas en la sala de la galería Francisco Oller en el edificio de humanidades. Tratándose de una exhibición de este calibre, me dieron fecha inmediata. El único problema, que la fecha disponible era tan próxima, que no me daba tiempo a hacer propuestas para conseguir auspiciadores para todos los gastos. Esto no podía ser un impedimento a mi proyecto.

Entonces recordé que el museo tenía una serie de marcos de metal algo usados guardados en el almacén. Los pedí prestados a Flavia Marichal, quien estaba encargada de las colecciones en ese momento y creo hoy es directora del museo. Los limpié bien, y con mi sueldo de estudiante, mandé a hacer veinte “mats” o esteras de cartón para los marcos, esa es la pieza rectangular que se coloca entre el marco y la obra de arte.

Otro problema. Por seguridad, no podía llevar las piezas a un lugar de enmarcado, así que me tocó pedir los “mats” a medida y rezar que cayeran justo dentro de los marcos. Gracias al cielo y a haberme tomado el tiempo de medirlos muy bien, quedaron literalmente pintados. Luego de buscar los “mats”, me tocó armarlo todo, yo solo, en uno de los salones dentro del museo.

Una vez enmarcadas las piezas con cinta adhesiva de conservación, las monté una a una sobre en una carretilla de trasporte, y literalmente las arrastré por toda la universidad hasta llevarlas sanas y salvas a su destino. Las personas en mi camino miraban con curiosidad, pero nadie tenía idea de que yo llevaba valiosas piezas de arte por todos los patios y pasillos.

Una vez llegué a la galería, pasé todo el día montando las obras en las paredes, limpiando la sala y preparando el lugar para la apertura en la noche. Días antes había pegado fotocopias y cartelones por todos los espacios de expresión pública para anunciar la apertura. Recuerdo que el periódico el Nuevo Día sacó una pequeña reseña, pero ya cuando la exhibición estaba abierta al público. La noche de apertura fue todo un éxito.

La exhibición duró varias semanas, así que cuando salía de clases, me daba la vuelta para ver la cara de los estudiantes y profesores apreciando las piezas. La galería estaba ubicada en el departamento de humanidades, así que nunca le faltó público. En la sala repartíamos un sencillo folleto explicando la exhibición, la que estaba compuesta solo de autoretratos. Mi profesor de pintura, mentor y amigo, Jaime Romano, me ayudó a escribir la corta reseña.

Mi mayor satisfacción, fuera de descubrir de lo que era capaz, fue darle la oportunidad a miles de estudiantes de disfrutar los trabajos de estos grandes maestros. Para esa época, fuera de las piezas exhibidas en el Museo de arte de Ponce, rara vez se exponía en la Isla arte internacional con artistas de este calibre.

Me pregunto qué será de estas colecciones. ¿Estarán escondidas en aquellas enormes planeras esperando a que algún estudiante amante del arte las rescate? A veces escucho algunos jóvenes quejándose de la situación del país, pero cuando les pregunto, no están haciendo nada para mejorar sus vidas ni la del lugar en que viven.

Están tan acostumbrados a la era digital, en la que con solo apretar un botón obtienen gratificación instantánea. Tan acostumbrados a que se les de todo, a decir “pues, qué se le va a hacer” y a aceptar su derrota, que se les hace difícil moverse, tomar riesgos calculados, asumir mayores responsabilidades y generar proyectos que los beneficien tanto a ellos como a todos a su alrededor.

Viven sus vidas en el “yo”,  pero contradictoriamente siempre esperando a que un héroe los rescate y les dé dirección.  Pienso que si supieran que los poderes para cumplir sus sueños están en la punta de sus dedos y no en el aparato con botones que aprietan a diario, de seguro habría más líderes, más proyectos e iniciativas y una mejor situación de vida en nuestra bella isla del encanto. Quizás es hora de empezar a recordárselos.