Milagro Navideño

8DD2E537-F660-4E7E-831D-6587874E5C2A

Andrés Fortuño Ramírez

Si alguno tiene dudas, los milagros de Navidad existen. Anoche llegamos desde Miami a San Juan, Puerto Rico. Entre las ganas de llegar y el exceso de paquetes, dejé en el taxi mi maletín con mi computadora Apple, la que tengo más entrená que un mono de circo. En el maletín estaba mi pasaporte y todo lo que uno considera importante para el viaje de la vida. Para colmo de males, con el apuro, y sin entender para qué era aquel papel, le dejé al taxista el recibo que te entregan en el aeropuerto con la información del taxi.

Llegamos al Airbnb, dejamos los paquetes, bajamos a cenar a un restaurante cercano. Una vez de vuelta a la habitación para descansar y planificar el resto de la semana, decido abrir la computadora para verificar el itinerario de embelecos y visitas. Es ahí cuando noto que no tengo el maletín. Agarro el teléfono y empiezo a llamar a todos los números existentes en el aeropuerto relacionados a taxistas, pérdidas y maletas, ninguno contesta. Era de esperar, 25 de diciembre 11:30 pm.

Inmediatamente pedimos un Uber al aeropuerto. El chofer manejaba más lento que un suero de brea, así que le pedimos que acelerara mientras le contamos lo sucedido. El señor con voz muy pausada y sin acelerar, nos dice que, según su esposa, si se le reza al santo correcto cosas buenas suceden. Acepto que no soy muy religioso, pero en el desespero, recordé a un santo que mi abuela materna invocaba cuando algo se le perdía, San Pascual Bailón. Siguiendo los cánticos de mi abuela Amelia dije en silencio: “Ay San Pascual Balón, si encuentras mi maletín, prometo bailarte un son”.

Una vez en el aeropuerto, nos acercamos a la estación de taxis. Nos recibe un muchacho de pequeña estatura, cargando con una mochila en la espalda pues había terminado su turno. Al ver mi cara de susto, suelta la mochila y me dice, ven conmigo que vamos a hacer todo lo posible para que aparezca. Le menciono al muchacho que el chofer era un señor de edad media, de pelo blanco con una van también blanca. Cuando miro la fila de taxis, de al menos ochenta vehículos, todos entraban en la misma descripción.

Llenamos papeles con la información, se tiraron varios mensajes de radio…pero nada. Cansado, frustrado y listo para pasar una noche en vela mirando el techo desde la cama, decido ir taxi por taxi en la fila para preguntar si alguien sabe algo.

Me detengo frente a la primera van blanca, pregunto, y el hombre no sabe nada. El segundo auto era un sedán así que lo descarto de inmediato. Llego al tercero, el señor baja la ventana para escuchar mi reclamo. Me mira fijamente a los ojos y me dice, “Epa, te estaba buscando. Dejaste un bulto en el asiento de atrás, ven que aquí lo tengo en el baúl guardado” …de más está decir que esa noche bailé tergua y catala como cronopio en fábrica de mangueras recién pintadas.

¡Gracias San Pascual Bailón!

Bomba navideña 2019

Screen Shot 2019-12-17 at 2.30.02 PM

Por Andrés Fortuño

BOMBA NAVIDEÑA 2019

Se acercan las Navidades,
y solo se habla de Trump.
Ese viejo cascarrabias,
needs to be put in the dump.

Ya me tiene hasta las Crismas,
entre tweet y estupidez.
No puedo verlo en pintura,
ni con una vara ‘e mil pies.

Reniega de los aliados,
toma vodka con los rusos.
Ay que viejo más salado,
Putín lo tiene confuso.

Domó a los republicanos,
ahora el partido es de Trump.
Ese viejo cascarrabias,
needs to be put in the dump.

Ucrania, su talón de Aquiles,
le salió el tiro por la culata.
“Impeached” gritan a voces miles,
ya tiene su letra escarlata.

En la despedida de año,
pediré algo que sigue pendiente,
que América note el engaño,
que esto no es un presidente.

De paso les pido a los reyes,
que se lo lleven pa’ Oriente,
que viaje el desierto en camello,
hasta que nadie lo encuentre.

Desde hoy hasta las octavitas,
que ya no se hable de Trump.
En noviembre del año que viene,
we’ll finally put him in the dump.

¡BOMBA!

Los sellos de Navidad

Screen Shot 2019-11-25 at 6.51.19 PM

Andrés Fortuño Ramírez

A principios del siglo XX, la tuberculosis cobró muchísimas vidas en el mundo entero. Puerto Rico no fue la excepción. Esta era considerada una enfermedad de pobres, ya que la falta de higiene, la mala alimentación, los lugares sobre poblados y poco ventilados, facilitaban su trasmisión.

Morían ricos, morían pobres, pero muchas familias, sobre todo las más adineradas, escondían a sus enfermos e inventaban todo tipo de razones para justificar estas muertes. Cualquier cosa era aceptable menos cargar con el estigma social de la tuberculosis. Bastaba que alguien tosiera dos veces de forma seguida en la plaza del mercado para que todos salieran corriendo.

Entre los más vulnerables se encontraban los niños y los ancianos. Unos por andar en cuerpos ya viejos, los otros por tener las defensas en pleno desarrollo. En un intento de combatir ambas, la pobreza y la tuberculosis, el gobierno vendía sellos de caridad con estampas navideñas.

Aquí un poema que evidencia estos tiempos y nos muestra una estampa en muchos de los hogares en Puerto Rico en días de Navidad para la década de 1920. El poema es parte del libro de poemas infantiles titulado HORAS SANTAS, publicado en 1927 por Ramón Fortuño Sellés, mi tío abuelo.

 LOS SELLOS DE NAVIDAD

Se vendían en la escuela

sellos para Navidad,

con el fin de allegar fondos

con los cuales atacar,

la plaga blanca en los niños,

esa horrible enfermedad,

que mina los cuerpos débiles,

faltos de abrigo y de pan,

de limpieza, de aire puro,

de cuidados y de hogar.

 

Y al preguntar la maestra:

“¿Cuántos me quieren comprar?”

Se adelantó una niñita

y dijo: “Deme usted acá

cincuenta.” Y la hermanita

de la niña, al escuchar

el pedido de su hermana

dijo “deme diez no más.”

 

Cuando llegaron a casa

le contaron al papá

lo sucedido en la escuela

con mucha tranquilidad,

y él les dijo: “Muy bien hecho.”

Siempre es bueno cooperar

cuando se trata de hacer

una obra de caridad.

 

”Más tú, Luisa –a la mayor—

ejemplo debes tomar

de tu hermanita menor

y ser parca en el gastar.

¿Por qué compraste cincuenta

y no diez sellos no más

como tu hermana Violeta?”

Y ella contestó mohína,

“Es que quería ayudar”

 

“Sí, papito, –dijo al punto

Violeta— y yo, tu verás,

si solo cogí los diez

fue por pena de dejar

la maestra sin ninguno.

¡Son tan lindos! ¿No es verdad?”

Ramón Fortuño Sellés fue alcalde de San Lorenzo y miembro de la Cámara de Representantes. También escribía cuentos, era articulista y poeta.

Próximamente se publicará una nueva edición de HORAS SANTAS. Para recibir información envíe un email a josefortuno@icloud.com

Código para animales, civilizados

por-que-todo-lo-que-sabemos-sobre-la-evolucion-humana-podria-estar-equivocado

Andrés Fortuño Ramírez

En estos días vi un programa en la cadena PBS sobre los últimos descubrimientos en la evolución de los mamíferos, clase a la que pertenecemos. No podía dejar de pensar en el daño que ciertas creencias religiosas han provocado en nuestra sociedad y cómo han retrasado nuestra evolución colectiva.

Según nuevas evidencias arqueológicas, todos los mamíferos provenimos de un ancestro común más similar a un ratón, que a esos hermosos nudistas que según la Biblia habitaron por primera vez nuestro planeta.

Con cada nuevo descubrimiento no solo nos acercamos más a la verdad, pero se hace más evidente que la represión y los castigos que ciertos sectores religiosos y conservadores pretenden imponer en nuestra sociedad, más tienen que ver con sus miedos personales y su sistema de auto preservación, que con intentar crear un mundo mejor donde nos amemos los unos a los otros.

Desconozco todos los detalles sobre los cambios que le quieren hacer al Código Civil en Puerto Rico, pues fuera de opiniones de diferentes sectores o documentos escritos para expertos en leyes, no encuentro nada digerible y oficial.  Pero a juzgar por lo poco que he leído y las personas involucradas en proponer y aprobar estas enmiendas, no puedo dejar de pensar lo peor.

Está claro que en la vida tienen que haber leyes de convivencia.  Pues al final, como lo evidencian las pruebas científicas, no dejamos de ser animales. Pero por qué insisten en ponerle tantas trabas al desarrollo de la vida misma, si al final, según el mismo apóstol Juan, es la verdad la que nos libera.

No nos queda otra que aceptar de qué estamos hechos, abrazar la magnífica e irrefutable diversidad de nuestra naturaleza y comenzar a aprender de nuestras diferencias.  En vez de limitar, es hora de expandir de forma inteligente nuestras definiciones de cada componente en esta aventura que llamamos vida.

El Código Civil debe tener como meta promover la paz, el orden, la felicidad y el respeto. Ampliar la empatía entre todos y otorgarle los mismos derechos a todas las personas en nuestra sociedad. A los políticos responsables de formular y aprobar estas enmiendas, los exhorto seguir la recomendación en el último verso en uno de los poemas del conocido filósofo Khalil Gibran: “Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”

Columna en Punto de Vista, periódico El Nuevo Día 11/12/2019

Felices Días de Muertos

Panteó_Fortuño_Ferrús
Panteón Fortuño-Ríos en Montjüic, Barcelona

 

Andrés Fortuño Ramírez

En 1984 en los talleres de artes plásticas de la Universidad de Puerto Rico, los estudiantes de humanidades acostumbrábamos a darnos retos, siguiendo las costumbres del dadaísmo. Mi buena amiga Marelén me retó a improvisar un poema corto en menos de 10 minutos. El tema: la muerte. Esto fue lo que escribí.

NEGRO MANTO

Negro manto, son las doce

y aún no veo tus estrellas.

Sin saber quiénes son ellas,

las deseo, las ansío.

Siendo muerto mil caballos guío

por la senda de la luz espesa,

por la sombra púrpura del río.

Novia mía, el pensamiento pesa,

y aún de muerto calentarte ansío.

Así que deja tu luto y besa,

que la noche se aleja

y mi labio es cada vez más frío.

FELICES FIESTAS DE MUERTOS

En la imagen aparece el panteón de Baltasar Fortuño Ferrús y su esposa Emilia Ríos Berríos, mis tíos-tatarabuelos. Emilia murió antes que Baltasar en Puerto Rico, razón por la que él se muda a Barcelona, lugar donde vivió años atrás cuando estudiaba medicina.

Baltasar viajó en barco con el cuerpo de su amada, para darle sepultura en el cementerio de Montjüic. Lugar al que le llevó flores hasta el día de su propia muerte y donde hoy descansan los restos de los enamorados. Dicen los guías del lugar, que en las noches con brisa, entre el vaivén de los árboles, se puede escuchar a Baltasar recitándole poemas.  

El derecho a protestar

Screen Shot 2019-10-26 at 10.50.22 AM
Chile, Jaime Fortuño La Roche

Andrés Fortuño Ramírez

Luego de ver las imágenes en las redes sociales tras las protestas en Chile por el descontento social, donde se exigen reformas que beneficien a la clase trabajadora, me sentí obligado a sacar de la oscuridad al tío-bisabuelo, Pedro Jaime Fortuño La Roche, pensador, escritor y político que luchó a favor de las clases obreras en Chile.

Pedro Jaime fue hijo de José Domingo Fortuño Ferrús y Carolina La Roche Grant. Su padre fue un catalán que emigró a Puerto Rico en el siglo XIX como asistente del Capitán General de la isla, Juan Prim Prats. Su madre, una mujer danesa criada en la isla caribeña de St. Thomas cuando pertenecía a Dinamarca.

Pedro Jaime nació el 29 de septiembre de 1866 en St. Thomas. Aún siendo un niño emigró con sus padres y hermanos a Puerto Rico, lugar donde se cría. Una vez adulto, vuelve a emigrar, esta vez por cuenta propia y a Chile. Ahí se establece y se casa con María Luisa Morales Flores con quien tuvo tres hijos: Luis Baltasar, Jaime y Carolina.

Pedro Jaime fue nacionalizado en Chile por decreto del Ministerio del Interior, el 6 de junio de 1895. Fue juez de trabajo, editor y escritor del periódico radical La Ley, redactor de las leyes chilenas y elector presidencial. Durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941) quien murió aún siendo presidente,  Jaime ocupó el puesto de Gobernador del departamento de Melipilla, antigua división territorial en Santiago.

Su nombre aparece en varios documentos y escritos donde repudia las acciones de gobiernos anteriores contra las poblaciones obreras y donde pide restablecer la justicia social y la paz. Sus metas principales, al igual que las del presidente Aguirre, eran educar al pueblo, mejorar su calidad de vida y buscar mejores oportunidades de trabajo.

Pedro Jaime aparece casi siempre mencionado como, Jaime Fortuño La Roche o Larroche. Su primer nombre, Pedro, heredado de su bisabuelo y de un tío-abuelo que era farmacéutico en Tarragona, rara vez aparece escrito.

Este espíritu de lucha y justicia fue heredado de su padre, José Domingo, quien ocupó varios cargos políticos en su natal Benissanet en Cataluña y fue capitán en la Tercera Guerra Carlista a favor de los Isabelinos liberales, favoreciendo las reformas sociales, el derecho a la educación y el progreso para todos.

En Puerto Rico, el sobrino de Pedro Jaime, Luis Fortuño Janeiro, también fue un líder político y cívico, líder obrero e industrial y uno de los fundadores del semanario socialista El Obrero de Ponce, además de candidato a la alcaldía de esta ciudad.  También fue creador de la Imprenta Fortuño, del Álbum Histórico de Ponce y junto a su primo hermano Ramón Fortuño Sellés, alcalde de San Lorenzo y miembro de la Cámara de Representantes, escribió varios libros donde presenta ideas sociales de avanzada.

El padre de Luis Fortuño Janeiro fue Baltasar Fortuño La Roche, hermano de Pedro Jaime. En 1901 Baltasar acaparó la portada del Pacific Comercial Advertiser en Honolulu bajo el titular, Ship Captured By Portoricans. Semanas antes de este suceso, Baltasar había zarpado para las islas de Hawái en busca de fortuna luego de que el huracán San Ciriaco destrozara Puerto Rico.

Al final de la larga travesía, a los tripulantes, quienes iban de forma voluntaria y bajo contrato de trabajo, se les dejó de atender debidamente y de proveerles comida. Baltasar fue el primero en levantarse en voz de protesta. Al no ser atendido, lideró un motín junto al resto de la tripulación, amenazando a filo de cuchilla al capitán del barco. Luego de negociaciones entre los dirigentes, la policía y la tripulación, se reinstaló el servicio de comidas, se les dio un mejor trato y todos siguieron su rumbo hacia las islas hawaianas.

También en Puerto Rico, los hermanos Carlos y José Ramón Fortuño Candelas, sobrinos-bisnietos de Pedro Jaime, lideraron importantes protestas en la Universidad de Puerto Rico en la década de 1970, en contra de las injusticias hacia los estudiantes y a favor de diferentes reformas. Carlos se ha mantenido como figura clave en el movimiento socialista-trabajador en la isla.

Entre estas protestas universitarias me tengo que incluir, ya que a mediados de los ochenta, junto a un grupo de artistas del Departamento de Bellas Artes, organizamos una marcha para denunciar las condiciones de los talleres de artes plásticas en la Universidad de Puerto Rico. Los talleres pasaban por una época de abandono.

Al no ser escuchados, nos reunimos con OSHA, la agencia de protección ambiental, quienes inspeccionaron los espacios y encontraron más de setenta violaciones y materiales que afectaban la salud del estudiantado y de los profesores. Casi de inmediato, nos instalaron extractores y respiraderos, pusieron nuevas ventanas y sustituyeron paneles, paredes y techos con los materiales apropiados.

En ocasiones, hasta los más conservadores se han unido a las protestas del pueblo. En verano de 2019 el pueblo puertorriqueño marchó en protesta para derrocar al gobernador, Ricardo Roselló, luego de que saliera a la luz pública un chat en el que el mandatario y sus colegas se burlan del país.  A esta protesta se unió el ex-gobernador de Puerto Rico, Luis Fortuño Burset (2009-2013) del partido estadista, exigiendo públicamente su renuncia, aún siendo un miembro de su propio partido. El bisabuelo de Luis fue primo hermano de Pedro Jaime, personaje principal de esta historia.

En fin, que en la vida, siempre que la causa lo amerite, sea desde lo alto en el podio o abajo desde la calle, todos tenemos derecho a protestar. Hoy Pedro Jaime Fortuño La Roche descansa en el Cementerio General de Chile, junto a María Luisa Morales, en la calle Echaurre, al frente de manzana 10, hacia el muro. Esperamos que esta sed de justicia, paz y lucha social se mantenga viva, y que no desaparezca con las nuevas generaciones.

 

Mayagüezano de corazón

DC862D4B-FDA6-419C-A125-16852E404F39_1_201_a
Milagros “Ago” Ramírez, Mayagüez, Puerto Rico

Andrés Fortuño Ramírez

La mujer en estas fotos es mi madre, mejor conocida como Ago. En la primera foto aparece en una de las calles de Mayagüez sentada sobre un Plymouth Special Deluxe de 1950. La foto fue tomada mucho antes de que yo naciera. Si no me equivoco, para esos días andaba de novia de mi padre.  La segunda es la foto en su anuario de escuela superior. La nota a mano se la escribe a Felícita “Feli” Noriega de Alemañy. Una de sus mejores amigas en la escuela.

Aunque yo no crecí en esta ciudad, nací y me crié en San Juan,  Mayagüez fue una gran influencia en mis años de formación en Puerto Rico. La razón principal, que mi madre es mayagüezana. Una de las Ramírez nacidas y criadas en el centro del pueblo.

Mi madre vivió en la calle Sol, la Peral, la Once de agosto y alguna otra de la que ya no recuerdo el nombre. Estudió en la Academia La Inmaculada cuando las monjas usaban hábitos similares a los que aparecen en la vieja serie, La Novicia Voladora.  Mi madre también cantaba en el coro de la catedral en sus años de juventud.

Su padre, Andrés Ramírez Rivera, fue ingeniero agrónomo, profesor de agricultura y agrimensura, director del Departamento de Intercambio de Estudiantes en el CAAM y escribía artículos sobre agricultura para el gobierno y para la revista de la universidad. También fue masón en la distinguida Logia Adelphia y practicaba su filosofía a diario; era estudioso, compasivo y dadivoso hasta más no poder.

A mi abuelo Andrés le gustaba contarnos historias. Entre las que mejor recuerdo están sus experiencias durante el terremoto que destrozó la ciudad de Mayagüez en 1918. Para esos tiempos él era aún adolescente y vivía con sus padres y hermanos en el centro del pueblo. Pero una vez la tierra tembló fuerte, se fueron todos a la montaña a la finca del “Tío Juanín” un primo hermano de Mama Concha, mi bisabuela, llamado Juan Rullán Rivera , quien dos años más tarde sería alcalde de esa ciudad por más de una década (1920-1932).

Desde la finca, todos vieron cómo el mar retrocedió y regresó con toda su furia a arrasar con todo a su paso. Arrasó con casas, autos, animales y personas. Años fuertes de recuperación en toda la zona oeste, en especial de Mayagüez, la que ya figuraba como una de las principales ciudades de Puerto Rico. El tío Juanín estuvo en gran parte a cargo de la reconstrucción de Mayagüez, incluyendo de la nueva alcaldía, el hospital San Antonio y un acueducto con un moderno sistema de filtración. Pero para mí, uno de sus proyectos más bonitos fue convertir la antigua cárcel municipal en una escuela, la Muñoz Rivera High School.

Años más tarde, una de las hermanas de mi abuelo, Acacia Ramírez Rivera, abrió un hospedaje para estudiantes en un edificio de esquina en la calle 11 de agosto. Ahí se hospedó mi padre cuando llegó desde San Juan a estudiar ingeniería civil. En una de sus visitas a la tía Acacia, mi madre conoció a mi padre. Tras varios años de noviazgo y luego de ambos graduarse de la UPR, se casaron en la catedral con recepción en el Casino. El Biscocho lo hizo don Tito Urrutia y el traje de novias doña Josefa “Chefa” Gitany.

La tía Acacia estaba casada con Vicente Pabón, quien por muchísimos años fue jefe del cuerpo de bomberos de Mayagüez. También lo fue su hijo, Israel Pabón, por quién lleva el nombre la estación municipal de bomberos hoy día. La hermana de Israel, a quien le decíamos titi Yayi, fue una de las primas de mi madre que más nos visitaba en San Juan.  Muchos todavía la recuerdan en el pueblo por un trágico evento en el Casino, del que gracias a Dios salió con vida.

Otro de los hermanos de mi abuelo materno, Paco Ramírez Rivera, era ingeniero químico y vivía con su esposa Ana Cebollero y sus cinco hijos frente a la Plaza Colón en los altos de la conocida tienda de zapatos, La Gloria. En ese balcón se reunía la familia Ramírez a disfrutar de las actividades que se hacían en la plaza.

Recuerdo cuando pequeño visitar a titi Ana, tía de mi madre. Para ese tiempo ya ella había enviudado y vivía sola en el último piso de un antiguo edificio en el ensanche Martínez del que era dueña, llamado edificio Colley. Me encantaba subir por aquel antiguo ascensor con elaboradas rejillas de metal. Subía lento, pero como podías ver el movimiento y el mecanismo a través de las rejillas, era una experiencia interesante. Recuerdo tenía en la sala un sofá semicircular y tres perritos pequineses que siempre venían a recibirnos.

Como es normal, eventualmente los familiares más viejos fueron muriendo. Muchos de los más jóvenes se mudaron a otros pueblos o a los Estados Unidos. Pero cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, la mayoría aún vivía en Mayagüez. Así que íbamos a menudo a visitar familia, a despedir muertos, a celebrar bodas y a darle la bienvenida a los recién nacidos.

Originalmente nos quedábamos en el Mayagüez Hilton, lo que a los hermanos nos encantaba. Tan pronto llegábamos, corríamos a una tiendita que había en la entrada donde vendían revistas, periódicos, cigarrillos, artículos de primera necesidad y dulces. La tienda la atendía una señora delgada de pequeña estatura que ya nos conocía, así que nos dejaba coger lo que quisiéramos y luego lo cargaba a la habitación.

En una ocasión, nos hospedamos en el hotel para asistir a un homenaje que la Universidad de Puerto Rico le rendía a mi abuelo, Andrés Ramírez, para celebrar su buena labor y años de servicio. La noche antes del evento, mis padres se reunieron con algunos familiares y amigos en el restaurante del hotel y nos dejaron durmiendo a mis hermanos y a mí en una de las habitaciones.

Cuando regresaron, notaron que yo no estaba en la cama. Mis padres espantados, salieron despavoridos por todo el hotel a buscarme. Para esos años yo padecía de sonambulismo y me había ido a caminar dormido por todo el hotel. Suerte que ya los empleados nos conocían y me habían interceptado antes de que fuera muy lejos.  Una terrible experiencia para mis padres.

Con el tiempo, empezamos a ir tan seguido a Mayagüez, que mi padre decidió comprar un apartamento en el Deportivo. Ahí pasábamos los fines de semana y en verano hasta semanas completas.  La mayoría de nuestros vecinos de apartamento eran de Mayagüez, muchos se habían criado o estudiado con alguno de mis padres.

Recuerdo que nuestra vecina de al lado era de apellido Alemañy y trabajaba con el Zoológico. En una ocasión, le tocó cuidar un pequeño tigre de bengala que requería atención constante y no se podía dejar solo en el zoológico, así que allí lo tuvimos de vecino unos días.

En el Deportivo también conocimos a los integrantes originales del grupo musical Menudo, cuando aún estaba empezando. Tenían allí un apartamento, imagino para quedarse cuando iban de gira por el oeste. Recuerdo que dieron un concierto para los jóvenes en la casa club y literalmente habíamos cuatro gatos. Igual brincamos y bailamos al son de “Eran los fantasmas” y sabe Dios qué otras canciones.

Ya adolescentes, a mi hermana le prestaban el carro y mis padres nos dejaban ir solos al cine en el Mayagüez Mall, a caminar por el centro comercial, por el pueblo o a visitar amistades de nuestra edad que vivían en el área. Cuando no, mis padres nos arrastraban a visitar a sus amigos, tíos y primos de mi madre o a los fraternos de mi padre de la Alpha Beta Chi.

Entre estos recuerdo a Jorge y Laurita Soler, un matrimonio con cinco hijos varones, muy amigos de mis padres, y quienes vivían en el Ensanche Martínez. En el patio de la casa criaban conejos y de vez en cuando los hacían en fricasé. Mi madre nos llevaba sándwiches o hot dogs cuando los visitábamos, ya que a mis hermanos y a mi nos horrorizaba la idea de comernos alguno de los conejos con los que habíamos estado jugando.

Años más tarde, siendo mis hermanos y yo adultos, regresamos una vez más a Mayagüez. En esta ocasión para la apertura de una exhibición de pinturas de mi padre en el CAAM. Mi padre, Ramón Fortuño, aparte de ser ingeniero civil, tenía habilidad para la pintura. El Colegio invitó a varios graduados de la universidad a exponer piezas en un homenaje al Colegio. Allí expuso mi padre siete piezas, la mayoría vistas del Viejo San Juan.

Con los años también me enteré de que mi abuela paterna, Socorro Ramírez, había nacido y vivido en Mayagüez hasta cerca de los quince años. No solo eso, pero descubrí que Socorro era prima quinta de mi abuelo materno, Andrés. Sus respectivos tatarabuelos paternos, Andrés y Esteban Ramírez de Arellano de Lugo Sotomayor, eran hermanos. Estos lazos familiares eran tan comunes en el área oeste, que me atrevo a decir que soy primo de casi todo el mundo en esa zona.

En fin, tengo tantas historias que me atan a esta ciudad, que se me haría imposible no incluirla cada vez que hablo de mi juventud en Puerto Rico. Demasiadas vivencias, familia y amistades, fiestas, velorios y todo tipo de encuentros. Para mi, recordar a Mayagüez es reafirmar mi conexión con el área oeste de Puerto Rico. Entonces, aunque no me haya criado en este pueblo, llevo el nombre de Mayagüez como una medalla de honor en el pecho, siempre ahí muy cerquita del corazón.

9E5230B8-3110-437F-97A8-55E8D8EA8D75_1_201_a
Los altos de La Gloria, frente a la plaza Colón en Mayagüez, donde vivían tío Paco y titi Ana, los tíos de mi madre.